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Quieren
llamarse
Las
Ovejas
Negras,
un
nombre
que
refleja
certeramente
su
posición
personal
(son
de
buenas
familias
con
padres
militares
en
el
caso
de
Fernando
y
Juan).
Pero
allí
está
otro
antiguo
miembro
de
los
Estudiantes,
Luis
Sartorius,
para
encaminarlos.
Sartorius
ha
fichado
como
director
artístico
de
Novola,
sello
pop
de
la
compañía
Zafiro.
Y
quiere
unos
Beatles
a
escala
nacional:
canciones
prepias,
categoría
vocal
e
instrumental,
imagen
castiza...
Contagia
su
entusiasmo
a
la
discográfica,
que
adelanta
300.000
pesetas
para
la
compra
de
material
de
sonido
con
destino
al
incipiente
proyecto,
una
muestra
de
fe
absolutamente
inusual
para
la
época.
No
tiene
oportunidad
de
comprobar
su
clarividencia:
se
mata
al
volante
de
su
seiscientos.
El
accidente
no
impide
que
el
grupo
se
consolide.
Se
bautizan
como
Los
Brincos,
por
buscar
una
similitud
fonética
con
los
Beatles.
Y
Zafiro
prepara
—otra
novedad—
un
gran
lanzamiento:
editan
de
golpe
un
elepé,
un
single
y
un
EP.
El
concepto
general
parece
calculado
al
máximo:
modernos,
pero
no
extravagantes
(flequillos
en
vez
de
melena),
internacionales
con
el
sello
de
origen
(capas
españolas
y
zapatos
con
cascabeles),
y
una
masa
homogénea
(a
pesar
de
que
Fernando
compone
la
mayor
parte
de
los
temas,
a
veces
con
la
productora
Marini
Callejo,
firman
como
grupo).
Funciona.
Y
de
forma
extraordinaria:
su
Flamenco
es
éxito
masivo
a
principios
de
1965,
revalidado
ese
verano
por
Borracho.
Para
borrar
las
dudas,
esas
canciones
graciosas
se
complementan
con
temas
finos
como
Un
sorbito
de
champán,
Mejor,
Tu
en
mi,
Sola,
Yo.
Incluso
cantan
en
inglés
sin
que
suene
patético:
Cry
o
I
try
to
find.
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Venden
cantidades
ingentes
de
discos.
Y
ponen
muy
alto
el
listón
nacional,
empujando
a
numerosos
grupos
hacia
una
definición
mas
personal.
Aparte
de
su
buena
fortuna
comercial,
tienen
un
repertorio
variado
(y
canciones
para
regalar
a
Marisol
o
a
Rocío
Durcal).
Sus
discos
suenan
pasmosamente
bien
para
lo
habitual
en
las
producciones
españolas
(el
segundo
elepé,
presentado
en
caja
de
cartón
y
con
folleto
a
todo
color,
se
registra
en
Milán).
Saben
asimilar
las
enseñanzas
de
Lennon-McCartney
sin
que
se
note
demasiado.
Están
bien
empastados
vocalmente
y
tocan
con
seca
pulcritud.
Temáticamente
van
desde
el
sentimentalismo
adolescente
hasta
los
alardes
de
chulería.
Sin
embargo,
algo
renquea.
Zafiro
cree
que
se
ha
materializado
la
anunciada
brincosis.
Se
equivocan:
dominan
listas
de
éxitos,
pero
el
cuarteto
no
despierta
enormes
pasiones.
Ocurre
que
ellos
son
hijos
de
su
clase:
mantienen
un
palpable
distanciamiento
frente
a
su
público,
se
ganan
fama
de
señoritos
que
no
ensayan
demasiado
(sus
actuaciones
suelen
decepcionar)
y
se
rumorea
que
prefieren
mas
tocar
en
fiestas
aristocráticas
que
ante
sus
habituales
seguidores.
Cabe
añadir
que,
a
diferencia
de
Los
Bravos,
falla
su
proyección
internacional:
editan
discos
en
inglés,
italiano
y
francés
sin
lograr
penetrar
en
esos
mercados.
Para
liar
mas
las
cosas,
se
agrian
las
relaciones
internas:
llega
el
momento
en
que
Juan
y
Junior
intentan
tomar
las
riendas,
empujando
a
Fernando.
Cuando
se
despeja
el
polvo
de
la
batalla,
los
disidentes
se
encuentran
en
la
calle;
Arbex
los
reemplaza
por
Vicente
Ramírez
y
Ricky
Morales
(hermano
de
Junior,
como
Miguel,
otro
futuro
brinco).
Las
dos
facciones
del
cuarteto
original
se
enfrentan
en
el
mercado.
Tienen
los
nuevos
Brincos
algunos
bonitos
destellos
—Lola,
Nadie
te
quiere
ya—,
pero
ya
son
otro
grupo
mas
que
pretende
adaptarse
a
las
corrientes
vanguardistas
con
Mundo,
demonio,
carne,
un
elepé
que
editan
en
inglés
y
en
español.
Desde
1969,
el
grupo
lo
forman
Fernando
Arbex,
Manuel
González,
Ricky
Morales,
Miguel
Morales
y
Oscar
Lazpirilla.
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El
dúo
expulsado
funciona
como
Juan
&
Junior,
y
reivindican
su
línea
—pop
reforzado
por
arreglos
orquestales—
en
un
puñado
de
singles
publicados
entre
1967
y
1969,
con
hallazgos
del
tipo
de
Tres
días,
Nada,
o
Bajo
el
sol.
A
partir
de
1970
Arbex
ejerce
de
compositor-productor.
Concibe
discos
para
el
mercado
internacional,
firmando
algún
horror
para
Middle
of
the
Road
y
manteniendo
a
Barrabás,
que
incluso
llegan
a
las
discotecas
neoyorquinas.
En
los
ochenta
se
ha
mantenido
silencioso,
cuidando
de
su
estudio
de
grabación
y
reapareciendo
después
como
productor
con
el
sello
independiente
DRO.
Junior
protagoniza
una
deslucida
carrera
en
solitano
y
termina
abandonando
el
ingrato
mundo
del
disco;
casado
con
Rocío
Durcal,
sus
hijos
tuvieron
un
par
de
años
triunfales
como
ídolos
infantiles
(Antonio
y
Carmen).
Por
su
parte,
Juan
Pardo
se
convierte
en
barbuda
superestrella,
con
una
chirriante
obra
que
va
desde
el
tecno
hasta
las
proclamas
de
galleguismo.
A
pesar
de
tales
epílogos,
Los
Brincos
se
han
transformado
en
punto
de
referencia
inevitable
para
las
sucesivas
oleadas
de
practicantes
del
pop
en
castellano.
No
han
faltado
incluso
los
grupos
novísimos
que
han
intentado
revivir
sus
formulas
aflamencadas.
Pero
hay
otras
muchas
lecciones,
algunas
no
muy
risueñas,
que
se
pueden
extraer
de
tan
singular
trayectoria.
Recientemente,
Fernando
Arbex
y
Ricky
edtaron
un
CD
con
canciones
que
suenan
a
“brincos”.
Diego
A.
Manrique |